Es cierto que discutíamos, que no podíamos seguir así. Que de repente te olía el aliento cuando en cinco años nunca me di cuenta. Y que ya no te quería porque necesitaba estar solo. De repente todo olía mal, tus camisas, tu aliento, tú y yo.
Así que con las mismas hiciste las maletas y te fuiste. Porque esta casa siempre fue mía, y tú siempre te encargaste de recordármelo, haciéndola más mía aún.
Sin acritud.
Antes de quedarnos solos, yo más que tú, nos fuimos a París. Y convertimos la ciudad del amor en un pozo de mierda que también olía mal.
Así que cada uno hizo su vida como pudo. Tú te fuiste y conociste otro francés que te hace feliz. Yo me quedé, y como siempre, el que se queda sufre más, ya sabes. No soporto el francés, no me gusta París, y me especializo en destrozar mitos de ciudades europeas.
Hoy, me como estas paredes verdes y algo sigue oliendo mal, pero ahora me doy cuenta de que no eras tú.
No hay comentarios:
Publicar un comentario