sábado, 18 de junio de 2011

Olores.

Es cierto que discutíamos, que no podíamos seguir así. Que de repente te olía el aliento cuando en cinco años nunca me di cuenta. Y que ya no te quería porque necesitaba estar solo. De repente todo olía mal, tus camisas, tu aliento, tú y yo.

Así que con las mismas hiciste las maletas y te fuiste. Porque esta casa siempre fue mía, y tú siempre te encargaste de recordármelo, haciéndola más mía aún.

Sin acritud.

Antes de quedarnos solos, yo más que tú, nos fuimos a París. Y convertimos la ciudad del amor en un pozo de mierda que también olía mal.

Así que cada uno hizo su vida como pudo. Tú te fuiste y conociste otro francés que te hace feliz. Yo me quedé, y como siempre, el que se queda sufre más, ya sabes. No soporto el francés, no me gusta París, y me especializo en destrozar mitos de ciudades europeas.

Hoy, me como estas paredes verdes y algo sigue oliendo mal, pero ahora me doy cuenta de que no eras tú.